4. RITUAL

Las Confesiones se han considerado acertadamente como expresión de un itinerario ritual o litúrgico. El tema central refleja el proceso de “formación y reformación” propio en religiones de la antigüedad, como el cristianismo, que proponían como ideal, tanto al individuo como a la comunidad, una transformación radical de vida. La experiencia de Agustín se extiende, en su primera fase, como un puente desde el ritual cristiano de la inscripción como catecúmeno (I, 11, 1) al de la vigilia de Pascua de 387. Entre esos eventos discurre la parte más azarosa de su vida marcada por la discontinuidad. A partir de esa fecha última, Agustín se establece en Dios y aprende a imponer un orden en la temporalidad de su existencia “contando los días”, como nota el salmo, para hacer progreso en su ascensión a Dios.

El canto de himnos y salmos, una práctica de la que fue testigo en Milán (X, 33, 50), será un recuerdo alentador y un estimulo para integrarla en su vida. Los salmos son para él, al mismo tiempo, objeto de reflexión y solaz en Dios: “cuando mi alma se expansiona con un clamor de alabanza y confesión y la música del que celebra un festival” (XIII, 14, 15). Agustín progresa en el conocimiento de sí mismo cultivando una experiencia contemplativa: “Yo entraré en mi morada interior y te cantaré canciones de amor mezcladas con los gemidos de mi peregrinación” (XII, 16, 23). Profundos sentimientos que hacen eco a los del salmista: alabanza, esperanza, admiración, lamento, conversión y acción de gracias quedan plasmados en todas las páginas de su obra.
Agustín ha construido con su narrativa un vasto poema de gran intensidad lirica en la que aparecen himnos, oraciones, espontáneos clamores de una voz genuina14. De ese modo nos estimula “a reflexionar sobre la profundidad desde la cual debemos clamar a Dios” (II, 3,5). Y podemos decir que la originalidad de su obra radica especialmente en el hecho de que escribe su historia personal inspirándose en los salmos al tiempo que desarrolla un dialogo ininterrumpido con Dios (IX, 4,8).
el solar de nuestras almas produzca el fruto de