Introducción

       non tantum ad audiendum

       sed etiam ad faciendum audiunt   

(Conf. XII, 21, 30)

 

En la introducción de su obra más reciente, A.M. Vannier pregunta: “Se podrá algún día decir que hemos terminado de comentar la obra de Agustín, particularmente las Confesiones? Seguramente, no”2. Y la razón que ella aduce en primer lugar, basada en una reflexión del teólogo David Tracy, es que las Confesiones es una obra clásica en el más riguroso sentido del concepto. Esa noción implica dos criterios principales: su capacidad para presentar la verdad y para transformar al lector o espectador. Algo que reconocemos como esencia misma de las Confesiones en donde Agustín “hace la verdad” en su vida y al mismo tiempo estimula y transforma al lector que lee la historia. En el proceso, se acentúa la cualidad de los factores “personal” y “universal” que le dan su permanencia en el tiempo.

Agustín explora detalladamente el sentido de su propia experiencia, de su propia comunidad y su propia tradición cristiana sobre las cuales está enfocada su atención con tal intensidad que no puede reprimir el deseo de transmitir a otros lo que está viviendo. El hecho de que la búsqueda  de la verdad en la experiencia de Agustín culmina en el encuentro con Cristo es un dato definitivo que se hace testimonio no solo ante los más íntimos, sino ante los “muchos” que lean su obra (X, 3,4). Cristo a quien descubre como centro de la historia y la narrativa cristiana es también centro de su propia historia.

De esa experiencia central surge la narración escrita, con la transparencia de un “Yo” que va hilando con la memoria palabras y acontecimientos sobre una gran variedad de tonalidades y significados. Y como consecuencia de esa dinámica, la experiencia personal de Agustín encuentra una proyección universal. Con ello Agustín da testimonio de que ha sabido absorber y vitalizar lo mejor de una tradición antigua en términos útiles para iluminar su fe cristiana y la de sus lectores, estableciendo en su obra raíces firmes de identidad y pertenencia dentro de la tradición de la Iglesia Católica.     

Interpretar para nuestro tiempo

Las obras maestras de la Cristiandad son una cantera de inspiración y orientación práctica irremplazable. El problema es que hemos dejado de leer esas obras. En el contexto de la vida de hoy, su lectura nos impone un ritmo lento y no tenemos paciencia para hacer una pausa, liberarnos de nuestras preocupaciones y prestar atención. Acostumbrados al impacto constante de imágenes, nos cuesta entrar dentro de nosotros mismos con el fin de reflexionar y dejar que el texto nos hable directamente. En ese sentido, cada generación tiene que tomar en serio la tarea de aprender a leer y releer las verdades de los viejos textos si queremos reforzar las bases solidas de una cultura que nos ha ayudado a sobrevivir espiritualmente.

Esas obras representan una tradición a la que necesitamos volver con una finalidad constructiva, es decir, para una  re-apropiación que nos permita replicar desde nuestra circunstancia individual la experiencia humana y espiritual que nos ofrecen. Una tarea que no se lleva a cabo fácilmente, sino a través de una experiencia coherente de Dios y de la vida. Así nos capacitamos para responder   una de las preguntas más acuciante con que hoy nos enfrentamos: cuál es la razón de ser cristiano? Timothy Radcliffe reflexiona: “Las verdades a las cuales uno se adhiere tienen que tener consecuencias en la vida de uno mismo… de lo contrario, qué clase de verdades serían? Si Dios es la razón de todo, entonces el ser religioso, el ser orientado hacia Dios como último término, tiene que testimoniarse de alguna manera en la vida de uno mismo” 3. Esta es, precisamente, la respuesta de las Confesiones en las que la vida y la obra son inseparables.

La vuelta a las obras maestras de la tradición cristiana lleva consigo también una labor interpretativa con la responsabilidad de presentar y utilizar creativamente las ideas, metáforas y prácticas  que en ellas hemos descubierto. Y a ese respecto, Juan Pablo II nos ha ofrecido una reflexión con discernimiento profundo de los valores que han mantenido válidas a través de los siglos las enseñanzas espirituales de Agustín. La urgencia de sus palabras tiene especial relevancia para este proyecto en colaboración y justifican una cita extensa:

 Dios ha venido en ayuda de la radical debilidad del hombre, que percibe en sí mismo, tal vez de modo inconsciente, una inquietud interior hacia algo que le transciende. San Agustín llega al encuentro con Dios precisamente a través de este sentimiento de inquietud existencial, teniendo como compañeros de camino el estudio de la palabra de Dios y la oración.

  La experiencia de Agustín se asemeja a la de muchos hombres contemporáneos y por eso vosotros, agustinos, podéis con formas modernas de servicio pastoral, ayudarlos a descubrir el sentido transcendente de la vida. Debéis ser para ellos acompañantes y animadores de una fe más personal y, al mismo tiempo, una fe más comunitaria, porque es la Iglesia quien mantiene viva la memoria de Jesucristo…

  Extraed del inagotable tesoro de vuestro gran Maestro sugerencias y propuestas para una acción apostólica renovada…salvaguardad, inalterada y viva, la herencia del mensaje doctrinal y práctico de San Agustín, en el cual puede encontrarse la humanidad de siempre, hambrienta de verdad, de felicidad y de amor.    

  Vosotros, agustinos, sed los ‘pedagogos de la interioridad’ al servicio de la humanidad en búsqueda de Jesucristo en el tercer milenio. A Él no se llega por un camino superficial, sino por la vía de la interioridad…que es punto de partida y de llegada, como advertía Agustín en sus Confesiones (I, 1,1).

  Eso requiere un trabajo de inmersión en uno mismo, de liberación de los acondicionamientos del mundo exterior, de escucha atenta y humilde de la voz de la conciencia. Se abre aquí un vasto ámbito pastoral que concuerda totalmente con vuestro carisma”4     

      Los expertos en la ‘obra agustiniana’ han trabajado con una dedicación ejemplar, particularmente en los últimos cincuenta años, para establecer una línea de investigación rigurosa desde varias perspectivas5. Una observación que confirma la conferencia organizada por el Instituto Patrístico Agustiniano en Roma el 20026 . El elenco de contribuciones muestra la vitalidad de nuevas ideas y reflexiones, nuevas apropiaciones e interpretaciones sobre el texto de las Confesiones a un alto nivel de estudio y discurso académico.

Esa labor, necesaria para mantener al día una investigación rigurosa, requiere un esfuerzo paralelo orientado a la diseminación de esa riqueza intelectual, en forma práctica y asequible a los que toman en serio la vida cristiana en nuestro tiempo7. A.M. Vannier comenta en ese sentido, que la revisión teológica de los clásicos, propuesta por David Tracy, implica una “correlación” entre los textos fundamentales de la cristiandad y la experiencia humana común y su lenguaje. De modo que “junto a la interpretación de esos textos que ayuda a comprender, ajustar, rescatar, criticar la realidad de la dimensión religiosa de la cultura se añada, para que la labor sea efectiva, la densidad de la experiencia de Dios en la vida”8.  

Una regla de vida  

Desde la perspectiva de un retorno a los clásicos de la tradición cristiana, el proyecto de Ejercicios Espirituales y Prácticas Formativas9 sugiere una lectura de las Confesiones con el objetivo de entender y re-vivir con Agustín el proceso de la búsqueda de Dios y la conversión que re-orienta la inquietud del corazón humano.

Pierre Hadot, que nos ha guiado en la exploración de los ejercicios y practicas espirituales en las escuelas filosóficas de la antigüedad, nota una diferencia, basada en el comentario que al respecto hace Filo de Alejandría, entre “ejercicios específicamente más intelectuales” y “ejercicios más activos”. La elección fundamental de vida del filosofo, nos dice, incluía una expresión “interior” y otra “exterior”, la primera permitía explicar y razonar la decisión misma y la segunda comunicarlo a otros; una se sitúa en la categoría del diálogo con uno mismo y la otra en el orden de la acción y la conducta diaria. Ambas son inseparables para mantener el criterio de autenticidad en la vida. En el análisis de los numerosos aspectos que los ejercicios y prácticas contienen, Hadot enfatiza el hecho de que están todos orientados hacia una conversión total de la persona y la afirmación de una forma de vida10.

Esta visión del ser humano, formulada brevemente, explica la influencia que la filosofía antigua y sus prácticas espirituales han tenido en la espiritualidad cristiana desde los primeros tiempos. Aquí proponemos esos conceptos como “distintos pero no separados” y en correspondencia con los procesos de conversión y formación, fundamentales a la estructura de la narrativa de Agustín.

1. Los Ejercicios Espirituales configuran el proceso a través del cual Agustín comprende y articula su respuesta a la llamada hacia la conversión en un dialogo ininterrumpido con Dios. Esa decisión crítica de vida, ha envuelto particularmente el entendimiento y la voluntad –intellectum et affectum– (Retract. 2. 6 .32) con la gracia de Dios que lo hace posible (X, 29, 40). Es la  exercitatio animi11 a través de la cual Agustín hace una serie de descubrimientos en los cuales se revela la verdad que busca. Igual que mojones de un itinerario, particularmente: la memoria del pasado que induce la confesión y alabanza; el regreso de la dispersión a la interioridad; el dialogo y la plegaria; el amor que encuentra su plenitud en el orden; la imitación del Maestro; la creación de una comunidad; el vivir en peregrinaje hacia Dios.

La narración de su transformación personal tiene como objetivo estimular el corazón de los lectores a entrar en esa misma dinámica hacia Dios (X, 3,4). Es decir, urgen al ejercitante, en su ‘ascenso meditativo’, a interiorizar esa enseñanza y motivarse hacia una experiencia de conversión en su propia vida (II, 3,5).

    2.  Las Prácticas Formativas, consecuentemente, suponen una referencia conceptual y enseñanzas que revelan la idea de Dios, de sí mismo y de la vida, junto con los valores religiosos de su autor”3. El objetivo de las prácticas es sostener la continuidad de la conversión a través de unas conductas metódicas que implican cuerpo y alma, pensamiento y acción, al servicio de un proceso de consolidación y coherencia espiritual. Estas conductas expresan significados que adquieren su valor distintivo por medio del uso armonioso de palabras, gestos y ritos que la persona ejecuta en privado y en público con otros. La prioridad de algunas de ellas depende de costumbres, preferencias y obligaciones que se asumen voluntariamente. En todo caso, las coordenadas de espacio y tiempo regulan su actividad dentro de un particular contexto y regla de vida. La repetición y maestría de las mismas, las sitúan en el contexto íntimo de la persona robusteciendo el sentido de identidad, pertenencia a la comunidad y afirmación de creencias religiosas.

Stalnaker hace la observación de que Agustín, a través de su vasta obra y en diferentes circunstancias, recomienda una serie de prácticas que incluyen abstinencia sexual, pobreza voluntaria, comunidad de bienes, ayuno y limosnas, examen de conciencia, diferentes clases de oración, lectio divina, dialogo, corrección fraterna y diversas formas de penitencia. A eso hay que añadir que en el ejercicio de su cargo episcopal él ha practicado la catequesis y los ritos fundamentales como recitación bíblica, predicación, música y celebración eucarística. Por otra parte, conviene señalar que Agustín no considera esas prácticas formativas como reservadas para unos pocos, sino que se presentan como importantes para la experiencia humana y cristiana, tanto laical, como clerical y monástica12 .

La formación espiritual

Los Ejercicios y las prácticas que aquí tratamos están unificados radicalmente por las Escrituras que sirven de “espejo” en el cual uno puede conocerse a sí mismo y conocer a Dios. La palabra de Dios también instruye al peregrino en la Verdad  estimulando su motivación a “hacer la verdad” (X, 1, 1) y renovar la imagen de Dios en sí mismo como nueva creatura espiritual (XIII, 22,32; 23,33). De esa manera la vida se va “formando” de acuerdo con el propósito de su creador y siguiendo sus caminos13 

Agustín sabe que la tarea es larga y no se verá cumplida totalmente durante el peregrinaje de la existencia temporal:“No me apartaré de ti hasta tanto me recojas, todo cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, me conformes y me confirmes eternamente, Dios mío y misericordia mía” (XII, 16, 23).  La clave de este proceso esta no un logro del esfuerzo humano, sino en la disposición de apertura a la acción restauradora de Dios. Por eso insiste, desde el principio al fin de sus Confesiones, en la práctica de  “buscar, llamar, pedir” (Mt.7.7), con el fin de superar los residuos de oscuridad y dispersión en uno mismo, confiando  en la gracia de Dios, que absorbe esa oscuridad en su luz (XI, 2,2). En conjunto, ejercicios y prácticas muestran un proceso ‘constitutivo del ser cristiano’ y la dinámica principal de la experiencia agustiniana hacia la madurez espiritual.

La exploración atenta de las Confesiones nos ayuda a descubrir, selectivamente, algunas prácticas fundamentales, que pueden ser relevantes para el tiempo actual, entre ellas: (1) la disposición meditativa de silencio; (2) la lectio divina; (3) la construcción de una narrativa personal; (4) la participación en el ritual comunitario y (5) el ministerio de instrucción y servicio. Desde esa perspectiva, hago notar los aspectos más característicos de las mismas, en forma muy breve, invitando a profundizar el estudio y la reflexión, introduciendo, al mismo tiempo los trabajos de este monográfico.

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