2. LECTIO DIVINA

Agustín  ‘aprendió a leer’ conforme a la práctica fundamental de la filosofía antigua alcanzando cimas de excelencia retórica y sabiduría humana. Pero es el gesto de “tomar, abrir y leer” una carta de San Pablo que parece “como dirigida a él mismo”, el que le pone en el camino de la sabiduría espiritual. En la palabra de Dios es donde el descubre un discurso a la vez noble, humilde y misterioso (III, 5,9) y a cuya lectura asidua dedicará toda su vida. La palabra le va a capacitar para entender cuál es la voluntad de Dios y a ejercer un discernimiento adecuado para cumplirla.

Esta práctica introduce al ejercitante a un proceso cuyos elementos están intrínsecamente vinculados.

Primero, la lectura pausada y atenta a partir del texto mismo de las Confesiones que constituye una historia construida como respuesta a la palabra de Dios. Palabra que resuena constantemente en todas sus páginas porque está impresa en la mente y el corazón del que escribe. Ahí escuchamos, en triangular comunicación, lo que Dios dice a Agustín y lo que Agustín nos dice a sus lectores.

Segundo, la lectura atenta de la Palabra nos lleva de la mano a una relectura, reflexión y meditación que va descubriendo significados. En ella se hace progreso a través de conexiones, ideas, imágenes que el lector asimila interiormente y se convierten en algo intimo y propio. De ese modo, a partir de la narrativa de Agustín, se forma una narrativa personal con elementos descubiertos en la profundidad y riqueza inmensa de la Palabra.

Tercero, toda la obra de las Confesiones es una oración constante, que surge de la lectura y reflexión sobre las Escrituras. Agustín nos habla de su plegaria en la que suena la “voz del alma”, el “clamor del corazón” (X, 2, 2) y desea que cada uno preste atención a las tres potencias que lleva en su interior: el existir, el conocer y el querer (XIII, 11, 12; 16, 19), a través de las cuales puede recordar a Dios, conocer a Dios y amar a Dios. Y en ese núcleo de actividad espiritual es donde el ser humano puede contemplar la imagen de Dios según la cual ha sido creado.

La enseñanza y experiencia de Agustín a este respecto se recoge aquí en la práctica contemplativa basada en: (1) existir en la presencia de Dios,  (2) desear el conocimiento de Dios y de uno mismo y (3) permanecer en la estabilidad de Dios. Tres movimientos que se realizan en el mismo ámbito de la respuesta del ser humano a la palabra de Dios que da vida y transforma

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