Introducción

       non tantum ad audiendum

       sed etiam ad faciendum audiunt   

(Conf. XII, 21, 30)

 

En la introducción de su obra más reciente, A.M. Vannier pregunta: “Se podrá algún día decir que hemos terminado de comentar la obra de Agustín, particularmente las Confesiones? Seguramente, no”2. Y la razón que ella aduce en primer lugar, basada en una reflexión del teólogo David Tracy, es que las Confesiones es una obra clásica en el más riguroso sentido del concepto. Esa noción implica dos criterios principales: su capacidad para presentar la verdad y para transformar al lector o espectador. Algo que reconocemos como esencia misma de las Confesiones en donde Agustín “hace la verdad” en su vida y al mismo tiempo estimula y transforma al lector que lee la historia. En el proceso, se acentúa la cualidad de los factores “personal” y “universal” que le dan su permanencia en el tiempo.

Agustín explora detalladamente el sentido de su propia experiencia, de su propia comunidad y su propia tradición cristiana sobre las cuales está enfocada su atención con tal intensidad que no puede reprimir el deseo de transmitir a otros lo que está viviendo. El hecho de que la búsqueda  de la verdad en la experiencia de Agustín culmina en el encuentro con Cristo es un dato definitivo que se hace testimonio no solo ante los más íntimos, sino ante los “muchos” que lean su obra (X, 3,4). Cristo a quien descubre como centro de la historia y la narrativa cristiana es también centro de su propia historia.

De esa experiencia central surge la narración escrita, con la transparencia de un “Yo” que va hilando con la memoria palabras y acontecimientos sobre una gran variedad de tonalidades y significados. Y como consecuencia de esa dinámica, la experiencia personal de Agustín encuentra una proyección universal. Con ello Agustín da testimonio de que ha sabido absorber y vitalizar lo mejor de una tradición antigua en términos útiles para iluminar su fe cristiana y la de sus lectores, estableciendo en su obra raíces firmes de identidad y pertenencia dentro de la tradición de la Iglesia Católica.     

Interpretar para nuestro tiempo

Las obras maestras de la Cristiandad son una cantera de inspiración y orientación práctica irremplazable. El problema es que hemos dejado de leer esas obras. En el contexto de la vida de hoy, su lectura nos impone un ritmo lento y no tenemos paciencia para hacer una pausa, liberarnos de nuestras preocupaciones y prestar atención. Acostumbrados al impacto constante de imágenes, nos cuesta entrar dentro de nosotros mismos con el fin de reflexionar y dejar que el texto nos hable directamente. En ese sentido, cada generación tiene que tomar en serio la tarea de aprender a leer y releer las verdades de los viejos textos si queremos reforzar las bases solidas de una cultura que nos ha ayudado a sobrevivir espiritualmente.

Esas obras representan una tradición a la que necesitamos volver con una finalidad constructiva, es decir, para una  re-apropiación que nos permita replicar desde nuestra circunstancia individual la experiencia humana y espiritual que nos ofrecen. Una tarea que no se lleva a cabo fácilmente, sino a través de una experiencia coherente de Dios y de la vida. Así nos capacitamos para responder   una de las preguntas más acuciante con que hoy nos enfrentamos: cuál es la razón de ser cristiano? Timothy Radcliffe reflexiona: “Las verdades a las cuales uno se adhiere tienen que tener consecuencias en la vida de uno mismo… de lo contrario, qué clase de verdades serían? Si Dios es la razón de todo, entonces el ser religioso, el ser orientado hacia Dios como último término, tiene que testimoniarse de alguna manera en la vida de uno mismo” 3. Esta es, precisamente, la respuesta de las Confesiones en las que la vida y la obra son inseparables.

La vuelta a las obras maestras de la tradición cristiana lleva consigo también una labor interpretativa con la responsabilidad de presentar y utilizar creativamente las ideas, metáforas y prácticas  que en ellas hemos descubierto. Y a ese respecto, Juan Pablo II nos ha ofrecido una reflexión con discernimiento profundo de los valores que han mantenido válidas a través de los siglos las enseñanzas espirituales de Agustín. La urgencia de sus palabras tiene especial relevancia para este proyecto en colaboración y justifican una cita extensa:

 Dios ha venido en ayuda de la radical debilidad del hombre, que percibe en sí mismo, tal vez de modo inconsciente, una inquietud interior hacia algo que le transciende. San Agustín llega al encuentro con Dios precisamente a través de este sentimiento de inquietud existencial, teniendo como compañeros de camino el estudio de la palabra de Dios y la oración.

  La experiencia de Agustín se asemeja a la de muchos hombres contemporáneos y por eso vosotros, agustinos, podéis con formas modernas de servicio pastoral, ayudarlos a descubrir el sentido transcendente de la vida. Debéis ser para ellos acompañantes y animadores de una fe más personal y, al mismo tiempo, una fe más comunitaria, porque es la Iglesia quien mantiene viva la memoria de Jesucristo…

  Extraed del inagotable tesoro de vuestro gran Maestro sugerencias y propuestas para una acción apostólica renovada…salvaguardad, inalterada y viva, la herencia del mensaje doctrinal y práctico de San Agustín, en el cual puede encontrarse la humanidad de siempre, hambrienta de verdad, de felicidad y de amor.    

  Vosotros, agustinos, sed los ‘pedagogos de la interioridad’ al servicio de la humanidad en búsqueda de Jesucristo en el tercer milenio. A Él no se llega por un camino superficial, sino por la vía de la interioridad…que es punto de partida y de llegada, como advertía Agustín en sus Confesiones (I, 1,1).

  Eso requiere un trabajo de inmersión en uno mismo, de liberación de los acondicionamientos del mundo exterior, de escucha atenta y humilde de la voz de la conciencia. Se abre aquí un vasto ámbito pastoral que concuerda totalmente con vuestro carisma”4     

      Los expertos en la ‘obra agustiniana’ han trabajado con una dedicación ejemplar, particularmente en los últimos cincuenta años, para establecer una línea de investigación rigurosa desde varias perspectivas5. Una observación que confirma la conferencia organizada por el Instituto Patrístico Agustiniano en Roma el 20026 . El elenco de contribuciones muestra la vitalidad de nuevas ideas y reflexiones, nuevas apropiaciones e interpretaciones sobre el texto de las Confesiones a un alto nivel de estudio y discurso académico.

Esa labor, necesaria para mantener al día una investigación rigurosa, requiere un esfuerzo paralelo orientado a la diseminación de esa riqueza intelectual, en forma práctica y asequible a los que toman en serio la vida cristiana en nuestro tiempo7. A.M. Vannier comenta en ese sentido, que la revisión teológica de los clásicos, propuesta por David Tracy, implica una “correlación” entre los textos fundamentales de la cristiandad y la experiencia humana común y su lenguaje. De modo que “junto a la interpretación de esos textos que ayuda a comprender, ajustar, rescatar, criticar la realidad de la dimensión religiosa de la cultura se añada, para que la labor sea efectiva, la densidad de la experiencia de Dios en la vida”8.  

Una regla de vida  

Desde la perspectiva de un retorno a los clásicos de la tradición cristiana, el proyecto de Ejercicios Espirituales y Prácticas Formativas9 sugiere una lectura de las Confesiones con el objetivo de entender y re-vivir con Agustín el proceso de la búsqueda de Dios y la conversión que re-orienta la inquietud del corazón humano.

Pierre Hadot, que nos ha guiado en la exploración de los ejercicios y practicas espirituales en las escuelas filosóficas de la antigüedad, nota una diferencia, basada en el comentario que al respecto hace Filo de Alejandría, entre “ejercicios específicamente más intelectuales” y “ejercicios más activos”. La elección fundamental de vida del filosofo, nos dice, incluía una expresión “interior” y otra “exterior”, la primera permitía explicar y razonar la decisión misma y la segunda comunicarlo a otros; una se sitúa en la categoría del diálogo con uno mismo y la otra en el orden de la acción y la conducta diaria. Ambas son inseparables para mantener el criterio de autenticidad en la vida. En el análisis de los numerosos aspectos que los ejercicios y prácticas contienen, Hadot enfatiza el hecho de que están todos orientados hacia una conversión total de la persona y la afirmación de una forma de vida10.

Esta visión del ser humano, formulada brevemente, explica la influencia que la filosofía antigua y sus prácticas espirituales han tenido en la espiritualidad cristiana desde los primeros tiempos. Aquí proponemos esos conceptos como “distintos pero no separados” y en correspondencia con los procesos de conversión y formación, fundamentales a la estructura de la narrativa de Agustín.

1. Los Ejercicios Espirituales configuran el proceso a través del cual Agustín comprende y articula su respuesta a la llamada hacia la conversión en un dialogo ininterrumpido con Dios. Esa decisión crítica de vida, ha envuelto particularmente el entendimiento y la voluntad –intellectum et affectum– (Retract. 2. 6 .32) con la gracia de Dios que lo hace posible (X, 29, 40). Es la  exercitatio animi11 a través de la cual Agustín hace una serie de descubrimientos en los cuales se revela la verdad que busca. Igual que mojones de un itinerario, particularmente: la memoria del pasado que induce la confesión y alabanza; el regreso de la dispersión a la interioridad; el dialogo y la plegaria; el amor que encuentra su plenitud en el orden; la imitación del Maestro; la creación de una comunidad; el vivir en peregrinaje hacia Dios.

La narración de su transformación personal tiene como objetivo estimular el corazón de los lectores a entrar en esa misma dinámica hacia Dios (X, 3,4). Es decir, urgen al ejercitante, en su ‘ascenso meditativo’, a interiorizar esa enseñanza y motivarse hacia una experiencia de conversión en su propia vida (II, 3,5).

    2.  Las Prácticas Formativas, consecuentemente, suponen una referencia conceptual y enseñanzas que revelan la idea de Dios, de sí mismo y de la vida, junto con los valores religiosos de su autor”3. El objetivo de las prácticas es sostener la continuidad de la conversión a través de unas conductas metódicas que implican cuerpo y alma, pensamiento y acción, al servicio de un proceso de consolidación y coherencia espiritual. Estas conductas expresan significados que adquieren su valor distintivo por medio del uso armonioso de palabras, gestos y ritos que la persona ejecuta en privado y en público con otros. La prioridad de algunas de ellas depende de costumbres, preferencias y obligaciones que se asumen voluntariamente. En todo caso, las coordenadas de espacio y tiempo regulan su actividad dentro de un particular contexto y regla de vida. La repetición y maestría de las mismas, las sitúan en el contexto íntimo de la persona robusteciendo el sentido de identidad, pertenencia a la comunidad y afirmación de creencias religiosas.

Stalnaker hace la observación de que Agustín, a través de su vasta obra y en diferentes circunstancias, recomienda una serie de prácticas que incluyen abstinencia sexual, pobreza voluntaria, comunidad de bienes, ayuno y limosnas, examen de conciencia, diferentes clases de oración, lectio divina, dialogo, corrección fraterna y diversas formas de penitencia. A eso hay que añadir que en el ejercicio de su cargo episcopal él ha practicado la catequesis y los ritos fundamentales como recitación bíblica, predicación, música y celebración eucarística. Por otra parte, conviene señalar que Agustín no considera esas prácticas formativas como reservadas para unos pocos, sino que se presentan como importantes para la experiencia humana y cristiana, tanto laical, como clerical y monástica12 .

La formación espiritual

Los Ejercicios y las prácticas que aquí tratamos están unificados radicalmente por las Escrituras que sirven de “espejo” en el cual uno puede conocerse a sí mismo y conocer a Dios. La palabra de Dios también instruye al peregrino en la Verdad  estimulando su motivación a “hacer la verdad” (X, 1, 1) y renovar la imagen de Dios en sí mismo como nueva creatura espiritual (XIII, 22,32; 23,33). De esa manera la vida se va “formando” de acuerdo con el propósito de su creador y siguiendo sus caminos13 

Agustín sabe que la tarea es larga y no se verá cumplida totalmente durante el peregrinaje de la existencia temporal:“No me apartaré de ti hasta tanto me recojas, todo cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, me conformes y me confirmes eternamente, Dios mío y misericordia mía” (XII, 16, 23).  La clave de este proceso esta no un logro del esfuerzo humano, sino en la disposición de apertura a la acción restauradora de Dios. Por eso insiste, desde el principio al fin de sus Confesiones, en la práctica de  “buscar, llamar, pedir” (Mt.7.7), con el fin de superar los residuos de oscuridad y dispersión en uno mismo, confiando  en la gracia de Dios, que absorbe esa oscuridad en su luz (XI, 2,2). En conjunto, ejercicios y prácticas muestran un proceso ‘constitutivo del ser cristiano’ y la dinámica principal de la experiencia agustiniana hacia la madurez espiritual.

La exploración atenta de las Confesiones nos ayuda a descubrir, selectivamente, algunas prácticas fundamentales, que pueden ser relevantes para el tiempo actual, entre ellas: (1) la disposición meditativa de silencio; (2) la lectio divina; (3) la construcción de una narrativa personal; (4) la participación en el ritual comunitario y (5) el ministerio de instrucción y servicio. Desde esa perspectiva, hago notar los aspectos más característicos de las mismas, en forma muy breve, invitando a profundizar el estudio y la reflexión, introduciendo, al mismo tiempo los trabajos de este monográfico.

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1. EL SILENCIO

El silencio es la disposición básica en los ejercicios y practicas espirituales modelada en Agustín que escribe su historia en dialogo con Dios. Agustín narra su experiencia admitiendo que no podía reconocer ni oír la voz insistente de Dios por estar volcado en el mundo exterior (II, 3,7). Su atención y su pensamiento, que son factores de unidad interna, estaban dispersos y por eso se encontraba disgregado en la multiplicidad (VII, 10, 16). Es a través de una liberación de lo exterior como puede oír claramente la voz de Dios y apreciar el valor de un espacio donde recogerse de la fragmentación que impone la vida ordinaria.  

Al mismo tiempo, consciente de su radical “orientación hacia Dios” como creatura, Agustín sugiere una liberación interior que permite poner atento el “oído del corazón”, ecce aures cordis mei ante te (I, 5,5),  a quien habita en “la intimidad más profunda” (III, 6, 11) y a quien deseamos escuchar: “tu me alloquere” (XII, 10,10). Con esa disposición se produce un cambio del vivir “lejos de ti” al vivir “hacia ti” que facilita “aprender a conocerlo” (X, 26,37). Y habiendo escuchado y conocido, puede uno hablar la verdad que solo de Dios procede: “ut verum loquar, de tuo loquor” (XIII, 25, 38).

El ejercitante que se aplica en esta práctica percibe también insinuaciones de la voz  de Dios que se oye a través de la creación. Y progresivamente se capacita “para crear y apreciar su belleza” (X, 34, 53) entablando dialogo con el mundo creado y descifrando los signos que van marcando ruta en su ascensión meditativa hacia Dios, “belleza siempre antigua y siempre nueva” (X, 27,38).

El silencio es la disciplina básica agustiniana que recoge de la dispersión, ilumina  el entendimiento y conduce a la contemplación.

3. NARRATIVA PERSONAL

Agustín escribe sus Confesiones motivado principalmente por la necesidad de establecer un sentido de coherencia interior entre la imagen de lo que fue y lo que es ahora. El quiere “hacer la verdad” que le traerá a la luz y liberación espiritual. La memoria de si mismo evoca la memoria de Dios. Recordando su dispersión en la tierra de la desemejanza, su búsqueda de la verdad, sus errores, sus anhelos y ambiciones siguiendo sus caminos,

Agustín encuentra el camino de Dios a quien ha experimentado como “providencia escondida” que no abandona (V, 1, 1; 7, 13; 8, 14) y “médico intimo” (X, 3, 4) y quiere responder con agradecimiento y alabanza (I, 1,1). Es un imperativo que le lleva a reconstruir su vida, “consultando con Dios “(X, 40, 65) y situando en su contexto acontecimientos, encuentros, acciones de los varios periodos de la misma. Y para expresar el contenido y la “profundidad” de su condición humana, toma los salmos como quien pone un espejo enfrente de si para conocerse y recibir la enseñanza de Dios. Agustín los apropia para ir contestando su propia pregunta: “que soy yo para ti…que eres tú para mí?” (I, 5, 5).

El proceso narrativo proporciona la necesaria oportunidad de establecer una terminación sobre los asuntos del pasado con el fin de proceder con ánimo renovado hacia el futuro: “olvidando el pasado…me proyecto hacia las cosas del futuro no distraído sino atento a las exigencias de mi vocación” (XI, 29, 39). Más aun, al escribir, Agustín no piensa en ofrecer simplemente una autobiografía. El desea sobretodo que quien lea su historia “mueva su pensamiento y sus afectos hacia Dios”, suspirando por lo que allí encuentre de malo y dando un respiro hondo por lo que allí sea bueno.

De esta forma la narrativa de conversión proclamada en el evangelio se hace testimonio vivo en la narrativa de Agustín. Y el lector o ejercitante aprende como construir la suya propia sobre el mismo marco de referencia, en peregrinaje hacia Dios, a la vez origen y término de la vida humana.

4. RITUAL

Las Confesiones se han considerado acertadamente como expresión de un itinerario ritual o litúrgico. El tema central refleja el proceso de “formación y reformación” propio en religiones de la antigüedad, como el cristianismo, que proponían como ideal, tanto al individuo como a la comunidad, una transformación radical de vida. La experiencia de Agustín se extiende, en su primera fase, como un puente desde el ritual cristiano de la inscripción como catecúmeno (I, 11, 1) al de la vigilia de Pascua de 387. Entre esos eventos discurre la parte más azarosa de su vida marcada por la discontinuidad. A partir de esa fecha última, Agustín se establece en Dios y aprende a imponer un orden en la temporalidad de su existencia “contando los días”, como nota el salmo, para hacer progreso en su ascensión a Dios.

El canto de himnos y salmos, una práctica de la que fue testigo en Milán (X, 33, 50), será un recuerdo alentador y un estimulo para integrarla en su vida. Los salmos son para él, al mismo tiempo, objeto de reflexión y solaz en Dios: “cuando mi alma se expansiona con un clamor de alabanza y confesión y la música del que celebra un festival” (XIII, 14, 15). Agustín progresa en el conocimiento de sí mismo cultivando una experiencia contemplativa: “Yo entraré en mi morada interior y te cantaré canciones de amor mezcladas con los gemidos de mi peregrinación” (XII, 16, 23). Profundos sentimientos que hacen eco a los del salmista: alabanza, esperanza, admiración, lamento, conversión y acción de gracias quedan plasmados en todas las páginas de su obra.
Agustín ha construido con su narrativa un vasto poema de gran intensidad lirica en la que aparecen himnos, oraciones, espontáneos clamores de una voz genuina14. De ese modo nos estimula “a reflexionar sobre la profundidad desde la cual debemos clamar a Dios” (II, 3,5). Y podemos decir que la originalidad de su obra radica especialmente en el hecho de que escribe su historia personal inspirándose en los salmos al tiempo que desarrolla un dialogo ininterrumpido con Dios (IX, 4,8).
el solar de nuestras almas produzca el fruto de

Referencias

1 Este articulo es un resumen del original en inglés y aparecido en Mayeutica, 2011. SAN AGUSTIN, Confesiones. Traducción, con algunas variantes, de José Cosgaya, osa., Madrid: BAC minor (1986/2010) 10ª impresión. La puntuación de esas citas, incluidas en el texto, se ajusta al criterio académico, v.gr: X, 10, 10 (libro, capitulo, párrafo). La traducción de citas en inglés y francés es mía.

 

2. VANNIER, A-M., (2007) Les Confessions de Saint Augustin. Paris: Cerf. p. 10

 

3. RADCLIFFE, T. (2005). What is the point of being a Christian?. London/New York: Burn & Oates.

 

4. JUAN PABLO II, Acta Ordinis, Publicazioni Agostiniane: Roma (2001), n.10, pp.34-38. Ver también: Frederick Van Fleteren & Craig J. Neumann de Paulo, Editors. Collectanea Augustiniana vol VII  (2004). Augustine in the Thought of Pope John Paul II. New York: Peter Lang,

 

5. O’DONNELL, J. J. Augustine. Confessions, Clarendon Press, Oxford 1992, 3 vols. Aquí, I, Introduction, xx-xxxii.

 

6. STUDIA EPHEMERIDIS AUGUSTINIANUM, 85 (2003). Le Confessioni di Agostino (402-2002): Bilancio e prospettive. (XXXI Icontro di studiosi dell’antichitá cristiana. Roma, 2-4 maggio 2002). Roma: Institutum Patristicum Augustinianum.  Incluye unos cincuenta artículos.

 

7.  BENEDICTO  XVI  ha hecho una “práctica” ejemplar de esta labor, a través de alocuciones con un plan instructivo, para difundir la obra y el mensaje de Agustín como Maestro espiritual, publicadas  en  The Fathers of the Church, (J.  Lienhard, S.J.,  Ed.  K.S.Giniger/Eerdman, 2009), pp. 136-158.   

 

8. VANNIER, A-M., (op.c.), p. 9. David Tracy ofrece a este respecto un sugerente ensayo, “Traditions of spiritual practice and the practice of theology”, Theology Today, 55 (1998) 225-241.

 

9. ANDRÉS G. NIÑO, osa (2008), “Ejercicios Espirituales en las Confesiones de San Agustín”. Revista Agustiniana de Espiritualidad, Monográfico, vol. XLIX, n. 149, 375-435. El volumen   incluye una serie de ensayos complementarios por un grupo de expertos Agustinos. El presente monográfico en Mayéutica que edita Enrique Eguiarte, oar, reúne la colaboración de otro grupo de estudiosos profundizando en aspectos significativos de las Prácticas (un segundo volumen está en preparación).       

 

10. HADOT, P., Philosophy as a way of living. Spiritual exercises from Socrates to Foucault, BlackwelI, Oxford/Cambridge 1995, MA (trad., Introduction, Arnold I. Davidson). Especialmente el  comentario en pp. 84-86, 127.

11. MARROU, H.-I, (1938), Saint Augustin et la fin de la culture antique, Paris: E de Boccard, p. 299.

 

12. STALNAKER, A., (2004) “Spiritual exercises and the grace of God: Paradoxes of personal formation in Augustine”.  Journal of the Society of Christian Ethics, 24, 2, 137-170.

 

13. VANNIER, A-M. (1997). Creatio, conversio, formatio chez S. Augustin, Fribourg, Suisse: Editions Universitaires. El autor considera que este esquema  evidencia la interacción de la vida y el pensamiento de Agustín en el desarrollo de una estructura antropológica alrededor de la cual cristaliza su interpretación de la creación. Aqui xxxvi-xxxviii.

 

14. El Libro de Horas en las Confesiones (ANDRÉS G. NIÑO, osa. Edición web, <augustiniana.com>, 2009) recoge selectivamente estos elementos para la salmodia que tiene lugar durante los retiros de Ejercicios Espirituales con San Agustín.

 

15. HYDE, M. J., Perfection. Coming to terms with being human. Wako, TX: Baylor University Press. 2010, p. 43

 

Introducción

Este proyecto está publicado en Revista Agustiniana, vol.149 (2) 2008, 375-435. La versión original en ingles, más amplia, aparece en Journal of Religion and Health. Psychology, Spirituality, Medicine 47 (2008) 88-102. (OnlineFirst, 2007) y en Studies in Spirituality (2011). Las citas de las Confesiones son de la traducción, con algunas variantes, de José Cosgaya, BAC Minor (1986/2010)10th imp., Madrid. La puntuación de esas citas se ajusta al criterio académico: X, 10, 10 (libro, capitulo, párrafo). La traducción de citas en inglés y francés es mía.

    Las Confesiones es la obra más conocida y apta para el enfoque sobre la jornada espiritual de Agustín, aunque los concep­tos que la configuran se desarrollan a través de todos sus escritos. La refe­rencia más común para conocer a Agustín y su contexto histórico es la de Peter Brown, Augustine of Hippo: A biography. A new edition and an epilogue. Berkeley/Los Angeles: University of California Press, 1967/2000. Para visión amplia del pensamiento de Agustín ver Alen D. Fitzgerald, OSA (ed.), Augustine through the ages. An enciclopedia, Grand Rapids, MI/ Cambridge, UK 1999.W.B.Eerdmans.

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Los lectores del New York Times encuentran con frecuencia artículos dedicados a figuras prominentes de la cultura antigua como Agustín. Recientemente, el historiador Bowersock ha escrito un ensayo describiéndole como «un coloso de la Cristiandad que adquirió fama más allá del entorno de la Iglesia gracias a la elegancia, candor y pasión de sus Confesiones, que continúan siendo un libro clásico en la literatura occidental». Es un homenaje veraz y conciso que subraya el hecho de que el autor y su obra maestra, escrita el 397 AD, siguen ejerciendo una gran influencia a través de los siglos. Su fuerza intrínseca, explica Vannier en su obra reciente, radica en dos criterios básicos: su capacidad para presentar la verdad y su capacidad para transformar al lector o espectador.

Esos criterios aplican con toda propiedad a las Confesiones en las cuales vemos a Agustín afanado en “hacer la verdad” en su vida (X, 1,1). En el proceso nos ofrece no solamente su verdad sino la Verdad de Dios que él ha buscado afanosamente. Al mismo tiempo el tiene esa previsión de sus muchos lectores, a través del tiempo y afirma su deseo de “mover su pensamiento y afectos hacia Dios” y un nuevo estilo de vida (X, 3,4). La historia, por otra parte, nos ha confirmado la realidad de que muchos de esos lectores han experimentado una transformación en su interior. Desde Consentius, contemporáneo de Agustín, que da testimonio sobre el cambio radical que ha experimentado leyéndolas, el impacto se ha multiplicado a través de los tiempos, silenciosamente, como un fruto que se desprende en su madurez. Aunque algunos, afortunadamente, como el de Petrarca en su Secretum o el de Santa Teresa en el libro IX de su Vida, quedaron escritos para la posteridad.

Hadot ha percibido claramente esta universalidad distintiva de las Confesiones y observa que aunque la historia sea de Agustín, “no se puede considerar como algo de la individualidad incomunicable de Agustín, sino, al contrario, como algo de la universalidad humana de la cual los acontecimientos de la vida de Agustín son solamente símbolos. Por eso, podemos explicar cómo el poder que emana de ambos criterios que abrazan lo personal y lo universal, han dado a la obra de Agustín su permanencia en el tiempo ejerciendo una influencia profunda en la espiritualidad cristiana por 1600 años.

Las raíces de tradición

Al comienzo del nuevo milenio se publicaron numerosos análisis sobre el vasto y complejo panorama de la vida moderna. Algunos hacen observaciones desde una perspectiva en la que convergen las dinámicas en tensión de carácter religioso y social. Aun con riesgo de simplificar lo que es enormemente complejo, podemos decir que presentan una paradoja de contrastes agudos prosperando en un contexto global, pluralista y de libre expresión.

Por una parte, se acentúa la confusión en la vida social y religiosa creada por las fuerzas disspares de ideologías y ambiciones humanas que desbordan sus propios límites. Un fenómeno socio-cultural que crece rápidamente en un vasto terreno donde la Cristiandad se considera irrelevante y sin inspiración, impotente frente a la avidez masiva de riqueza material y poder en todas sus formas. Es evidente que vivimos en una cultura donde predominan las formas de dispersión y superficialidad que reducen todo a términos de usar y descartar, de exteriorización y avidez por lo material. Hay una búsqueda masiva de felicidad pero escasas señales de que se haya alcanzado.

Por otra, se advierte en mucha gente la necesidad profunda de interioridad donde uno puede re-encontrarse con Dios y con uno mismo. Un dato que se refleja en las preocupaciones que aparecen, en flujo constante, de nuevos libros, revistas, conferencias, programas y fundaciones especiales. Y todo ello ocurre en un contexto histórico de rápidos cambios y de una persistente inseguridad sobre el futuro de elementos críticos en la convivencia humana. El resultado es un remolino de tensiones que causan un profundo sentido de fragmentación en el individuo y ame-nazan la supervivencia espiritual de una época.

Algunos pensadores advierten que el contexto social en que vivimos, en muchas formas borra de la memoria los recursos que nos han ayudado a sobrevivir. Y han propuesto volver a las raíces de la tradición religiosa que tanto individuos como grupos han recibido para guía y sobrevivencia espiritual. Hablan de recobrar y reanimar las obras que nos ofrecen preceptos valiosos para una transformación personal en el contexto de nuestro propio tiempo. Hadot observa a este respecto “hay ciertas verdades cuyo sentido no puede agotarlo el paso de las generaciones humanas…pero para que su sentido sea realmente comprendido es necesario que las verdades que lo constituyen se vivan y se re-experimenten. Cada generación debe de tomar, desde el principio, la tarea de aprender a leer y re-leer esas antiguas verdades…eso ya es, en sí mismo, un ejercicio espiritual”.

El problema es que hemos dejado de leerlas, no tenemos mucha paciencia para hacer una pausa, liberarnos de nuestras preocupaciones, volver al interior de nosotros mismos con el fin de meditar con calma, rumiar y dejar que el texto nos hable directamente. Desde esa perspectiva, este proyecto presenta las Confesiones para una re-lectura y un ejercicio prolongado con el objetivo de entender y re-vivir con Agustín el proceso de la búsqueda de la felicidad y la verdad que resuelve efectivamente la inquietud del corazón humano.

La lectura de las Confesiones

Las obras clásicas de la cristiandad, especialmente las Confesiones, representan una tradición a la que necesitamos volver con una finalidad constructiva e interpretativa. El significado transcendente de las Confesiones y su poder comunicativo no aparecen completos o son discernibles en el momento de su composición. Se hace poco a poco aparente a través de las respuestas que provoca en aquellos que las meditan y asimilan su mensaje, integrándolo en la dimensión de sus aspiraciones e ideales. Esto se considera propiamente como una respuesta constructiva a la obra, cuando nos apropiamos las verdades que allí se reflejan con el fin de vivir su experiencia humana y espiritual en el cuadro de nuestra circunstancia individual.

En realidad, las Confesiones las escribió su autor como testimonio a la validad de la tradición cristiana. En ese sentido contribuyen a la totalidad de lo que W.C. Roof considera una tradición viva, “abierta a la intervención humana y por tanto, a la continuidad de su narración en símbolo, practica e imagen…y solo permanece viva y relevante si los miembros se envuelven en ella en un tiempo y circunstancia determinados. Carl Vaught nos advierte: “no podemos adentrarnos en las Confesiones sin antes cuestionarnos a nosotros mismos…Si no estamos dispuestos a penetrar en las profundidades de nuestro ser, nunca entenderemos a Agustín, porque él nos exige constantemente que reflexionemos en el itinerario que hemos recorrido en nuestro desarrollo intelectual y espiritual.

El lector se sentirá urgido a moverse en esa dirección desde la primera página: Agustín con la debida reverencia a Dios, se dirige a su audiencia diciendo: “nosotros los humanos que acarreamos la marca de la mortalidad en torno nuestro…” (I,1,1) Nadie puede desentenderse de lo que sigue y sin más, cerrar el libro. Las Confesiones es un “peregrinaje del alma” (XI, 15, 22) y Agustín espera que sus lectores reconozcan su condición común y se unan a él en el ascenso.

El retorno a las Confesiones lleva consigo también una labor interpretativa con la responsabilidad de presentar y utilizar creativamente las ideas, metáforas y prácticas que en ellas hemos descubierto. Los expertos en la ‘obra agustiniana’ han trabajado con una dedicación ejemplar, particularmente en los últimos cincuenta años, para establecer una línea de investigación rigurosa desde varias perspectivas. Una observación que confirma la conferencia organizada por el Instituto Patrístico Agustiniano en Roma el 2002. El elenco de contribuciones muestra la vitalidad de nuevas ideas y reflexiones, nuevas apropiaciones e interpretaciones sobre el texto de las Confesiones a un alto nivel de estudio y discurso académico.

Sin embargo es también muy importante extender el impacto y relevancia de ese esfuerzo intelectual a través de una labor de diseminación de esa riqueza de sabiduría cristiana, en forma práctica y asequible a los que toman en serio la vida cristiana en nuestro tiempo. El mismo Agustín compartió su experiencia en las Confesiones y el don de su palabra y conocimiento en muchos otras obras con una multitud de gente sin mucha escolaridad. A ese respecto Juan Pablo II – con su aguda visión de la historia y del cristianismo- hizo una recomendación a los Agustinos en 2011 en estos términos:

La experiencia de Agustín se asemeja a la de muchos hombres contemporáneos y por eso vosotros, agustinos, podéis con formas modernas de servicio pastoral, ayudarlos a descubrir el sentido transcendente de la vida. Debéis ser para ellos acompañantes y animadores de una fe más personal y, al mismo tiempo, una fe más comunitaria, porque es la Iglesia quien mantiene viva la memoria de Jesucristo…Extraed del inagotable tesoro de vuestro gran Maestro sugerencias y propuestas para una acción apostólica renovada… salvaguardad, inalterada y viva, la herencia del mensaje doctrinal y práctico de San Agustín, en el cual puede encontrarse la humanidad de siempre, hambrienta de verdad, de felicidad y de amor.

A.M. Vannier comenta que la revisión teológica de los clásicos, propuesta por David Tracy, implica una “correlación” entre los textos fundamentales de la cristiandad y la experiencia humana común y su lenguaje. De modo que “junto a la interpretación de esos textos que ayuda a comprender, ajustar, rescatar, criticar la realidad de la dimensión religiosa de la cultura se añada, para que la labor sea efectiva, la densidad de la experiencia de Dios en la vida” . En ese sentido, el proyecto de Ejercicios Espirituales sugiere una lectura de las Confesiones con el objetivo de entender y re-vivir con Agustín el proceso de la búsqueda de Dios y la conversión que re-orienta la inquietud del corazón humano. En otra sección, más adelante, proponemos unas Prácticas Formativas a través de las cuales Agustín consolida el proceso de conversión y hace progreso hacia una experiencia de fe coherente y transformativa.

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SPIRITUAL EXERCISES IN AUGUSTINE’S CONFESSIONS: Introduction

Confessions, the narrative of Augustine’s spiritual journey, has been a source of inspiration to readers through many centuries. It addresses the universal striving of the individual towards a “way of living” characterized by internal coherence and an experience of the transcendent. Augustine, using a method of inquiry and engagement, guides de reader through some fundamental exercises: remembering one’s story; facing inner restlessness; entering into dialogue with God; ordering of human love; centering in Christ; participating in a community of faith; living as a pilgrim. Together, they constitute a didactic instrument for the spiritual development of his readers. This paper reconstructs that central purpose in a coherent and practical model.

The Confessions, the masterpiece of Augustine (397/1997), is the personal narrative of a human being facing the mystery of God. Modern readers may find it difficult to sustain their attention to a text from a distant historical time. Yet Confessions conveys a message from the depths of human experience that has resonated in the minds of many people for 1600 years. It has also been a subject for scholars in a wide range of disciplines (Markus, 2001), although it does not always reach the larger audience of non-academics. The central theme of Confessions is Augustine’s inward journey (McMahon, 2006; Vaught, 2003); he reflects upon himself and issues of ultimacy in life as he searches for God and inner transformation. Life as a pilgrimage is the underlying metaphor that provides continuity and structure to the narrative (O’Connell, 1994). He describes his experiences in a direct and effective style marked by a vast array of emotions, motivations, and detailed cognitive processes. In so doing Augustine offers a primary reference for the interface of religion and psychology, particularly psychotherapy informed by a self-relational approach (Browning & Cooper, 2004; Dixon, 1999; Muran, 2001; Miller & Delaney, 2005; Niño, 1990).

Taking that perspective, I focus here on some specific elements in the narrative, identified as spiritual exercises that configure Augustine’s experience as he pursues internal coherence, wisdom, and transcendence. Seen as a construct, the exercises provide a unique illustration of the universal striving towards meaning and transcendence in life. Within the exercises I highlight briefly some concepts and processes that are relevant to both spiritual and psychological dimensions of self-exploration. They are guideposts for further research and applied work.

Lessons from Ancient Wisdom

The ancient philosophers who preceded and molded Augustine’s intellectual and spiritual vision were seriously involved, as he was, with the search for wisdom and union with the transcendent. To that end, they developed many practices of personal formation. Pierre Hadot (1995), in a groundbreaking study on the surviving texts of the Greco-Roman tradition, clarifies for non-specialists the nuances of their form and content. In particular, he defines the characteristics of the exercises found in those texts and the profound impact they made in early Christianity and, through Augustine, into the Middle Ages and our modern times. Hadot’s work has sparked renewed interest in this area among other scholars (Antonaccio, 1998; Martin, 2000), widening the scope of Augustinian spirituality.

The exercises are best considered as “spiritual” because, in Hadot’s analysis, this concept includes broader and important intellectual, ethical, and therapeutic aspects. In other words, they involve “the individual’s entire psychism” (1995, p. 82). The Greco-Roman texts present the ideals of philosophy not as a theory or discourse but as a formative experience, a way of living. They establish the basic principle, shared by all the ancient schools, that humans are in a state of unhappy disquiet and that unregulated passions are the principal cause of suffering, disorder, and unconsciousness. In order to achieve happiness, freedom, inner peace, and wisdom, humans must totally transform their vision, lifestyle, and behavior. That means developing a self liberated from passions and worldly desires, a moral person. The process required to reach that goal constitutes an askesis, the original Greek notion that stands for exercise, practice, training—all appropriate to that end.

Those ancient texts and their exercises made a deep impact on Augustine in his formative years. He had read and assimilated them, particularly the inspired thought of Plotinus’s Enneads, and let their influence filter through his narrative (Harrison,2000; Kenney, 2005). He was passionate about the search for wisdom, convinced that it would provide him with an ideal based on moral purification and intellectual loftiness. Later, he would also express his growing disappointment in not finding it. He came to understand that philosophy is capable of awakening aspirations in the human heart that ultimately it cannot satisfy (III, 4, 7-10, 18).

Ascent with a Method

Augustine eventually found another path, “now inseparable from your gift of grace” (VII, 21, 27), one that stands as a boundary between the high ideals of pagan antiquity and the powerful message of the Christian faith. Writing his Confessions about himself and the way he found God was a personal endeavor of far-reaching implications. In contrast to the attitude of “people who go to admire lofty mountains, and huge breakers at sea, and crashing waterfalls, and vast stretches of ocean, and the dance of the stars, but leave themselves behind out of sight” (X, 8, 15), Augustine takes off from the ordinary level of attention, de-centering from the immediate world and its “multitude of things” (II, 1, 1) to enter the silent realm where the self is formed. Silence allows his thoughts “to be collected from their wanderings” (X, 11, 18) in unified attention. The writing itself imposes a crucial “solitary disengagement … an opportunity for self-discovery, emotional catharsis, and encounter with God” (Barbour, 2004, p. 38). Silence and solitude constitute Augustine’s favorable environment that allows “the words of the soul and the clamor of thought familiar to God’s ear” (X, 2, 2; 6-9) to emerge from within.

The story takes shape purposefully, and readers realize that it is organized to reflect a detailed and progressive “pattern of ascent” (O’Donnell, 1992, I, xIix). That pattern is created by reflective inquiry and engagement in the context of a dialogue. Augustine makes progress through questions, such as “How shall I call upon my God?” and “Who will grant me to find peace in you? (I, 2, 2; I, 5, 5). Implied in this basic stance is the imperative to search, facing the uncertainties of being human in a world full of perplexing matters and the mystery of God. But he wants us to understand, from the outset, that the goal of inquiring is not to obtain answers but to “ask, seek, and knock” (I, 1, 1), to enter into that vital dimension in which one can be known and transformed by God. This search acquires complexity and depth as he faces the obstacles he uncovers within himself, the impact made by family and friends, the tensions created by encounters with individuals and ideological groups, and the changes prompted by major events in his own development. Mathewes (2002) notes that Augustine “wants us to picture life as a way of inquiry … exercised not simply in contemplative interiority but in ecstatic communion with others in the world” (p. 542). This is a search for significance and meaning-making at the very depths of human striving (Pargament, 1999).

Simultaneously, Augustine maintains a line of engagement with his readers. He envisions those men and women, as “fellow citizens still in pilgrimage with me” (X, 4, 6) sharing in the askesis of a prolonged exercise. His consistent use of the first person generates a dynamic process, intensified by the ancient tradition of reading aloud, in which Augustine’s word and the person reading it interact in the present time. Moreover, he expects us not just to understand what he means but to internalize his own feelings as he is “moved with joy and fear as well; with sorrow yet with hope” (X, 4, 6). The reader takes something to heart, as if Augustine were speaking to him or her, in an intimate gesture that creates “a community around a text: it is interpretive in formation and behavioral in possibilities” (Stock, 1996, p. 215). This is the most enduring empathic link with Augustine, for the “I” of the Confessions stands not only for Augustine’s self but also for all “who carry our mortality about with us” (I, 1, 1) and will see their lives reflected in his story.

I will argue that Augustine’s Confessions offers a method that emerges from reflective inquiry and dialogical engagement and constitutes a didactic instrument for spiritual development. In this paper I reconstruct his central purpose in a coherent and practical model for those negotiating the ultimate concerns and questions of life. The following seven exercises highlight the crucial experiences of Augustine’s journey; within each one, I point out three salient aspects of the process of change and inner healing.